martes, 29 de noviembre de 2016

Conversaciones con mi musa #13

—Parece que seas adicto a eso.

Me giré sobresaltado cuando ya me estaba terminando el sobre de Almax.

—¡Vaya! —dije sonriendo, con restos del jarabe todavía en la boca—, esto sí que es una sorpresa. Hace un montón que no nos vemos, Sara.

—Demasiado —confesó pensativa, apoyada en el marco de la puerta de la cocina—. ¿Qué ocurre?

—La acidez, que incordia un poco.

—No me refería a eso —me miró con esos ojos de hiena que le salen sin apenas esfuerzo—.

Se despegó del quicio de la puerta y comenzó a caminar por la cocina, que olía a lavavajillas y arena de gato perfumada. Acababa de fregar los platos y cambiar la arena de las gatas.

—No escribes —dijo mientras se paseaba con los brazos cruzados y centraba su atención en la tostadora, como buscando algo dentro.

—Es por el tiempo, Sara.

—¿Llueve? —se giró hacia mí— ¿Hace calor, quizás?

—¡No! —reí— Es que hasta ahora no he tenido tiempo para escribir, Sara. Sé que han pasado años con el blog abandonado…

—No es solo el blog —interrumpió.

—Ya, ya… Es todo. He dejado de leer, he dejado de escribir… Sabes que salgo bastante tarde del trabajo, y el poco tiempo que me queda lo paso con los míos —Sara llevaba unos segundos mirándome, impertérrita, impasible, imperturbable… Impávida—. Por cierto, ¿sabes que he vuelto al volei?

—Y has tenido una hija... Y has adoptado otra gata... —empezó a enumerar, con sorna, todos los cambios que ha habido en mi vida desde que no escribo— ¡Y te has comprado una guitarra que también has dejado de lado!

—Bueno, no tengo prisa por aprender, y ¡he ganado un elemento decorativo para el salón! —respondí, queriéndole quitar hierro al asunto.

—Mira… —que viene— Parece que te has olvidado de con quién estás hablando. Que no recuerdas que estoy aquí, allá, antes y después, y que solo con que tengas un poquito de intención volverás a la senda de la escritura —relajó su pose teatral—. Ya sé que tienes una vida ocupadísima y que tienes una lista interminable de cosas por hacer, pero recuerda que el niño que llevas dentro necesita sacar las historias que desea contar. Si no lo hace, llegará el día en que las olvide, en que sus ilusiones pierdan fuerza y que la magia que le envuelve cuando escribe se diluya y simplemente quede en un bonito recuerdo.

Solo podía asentir.

—¿Qué? —preguntó indignada.

—Que tienes razón —suspiré—. Tengo demasiados hobbies y aunque procuro repartir mi tiempo entre todos pues… No lo hago como toca.

—Pobrecito.

Arqueé las cejas.

—Espabila —chasqueó los dedos—. Menos videojuegos y más lectura. Aplícate lo que le repites sin cesar a tu hijo.

Sonreí, reconociendo el símil.

—Por cierto… Estoy orgullosa de ti —sonrió—. Igual que te digo una cosa, te digo la otra. Estoy contenta de que hayas vuelto al voleibol y te estés esforzando en ello. Ojalá siguieras escribiendo con la mitad de ilusión que le pones a cada entreno. Pero bueno, me conformo con que reacciones a esta bronca.

—Sí.

—Sí, ¿qué? —preguntó.

—Que voy a ponerme las pilas de nuevo, Sara. No voy a escribir a diario, ni a leer a diario, pero creo que puedo tomármelo un poquito más en serio a partir de ahora —le dije mientras recogía un par de trastos de la cocina.

—Vale. Anda —relajó la postura al fin—, vete ya a dormir. Voy a regañar a otro que últimamente no escribe demasiado.

—¿A quién? —pregunté sorprendido.

Y comenzó a evaporarse, envolviéndose en una nube blanquecina que desprendía un dulce olor a algodón de azúcar.

—Se apellida Rothfuss —sonrió.

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