martes, 14 de marzo de 2017

Conversaciones con mi musa #14

Anoche, tras el entreno, me quedé un rato a charlar con los compañeros y luego, en la gasolinera, tuve que esperar más de quince minutos para que me cocieran una barra de pan congelada. Llegué a casa bastante tarde.

—¿Qué pasa contigo? —preguntó de súbito, tan simpática como siempre. Sara. Mi musa, casi en paro.

Puse el video en pausa. Me giré hacia el sofá con la boca llena de jamón serrano y pan aceitoso. Ya no logra sorprenderme.

—Eres un guarro. Cierra la boca por lo menos.

Intenté tragarme lo que tenía en la boca, pero lo que vi me dejó bastante descolocado. Lua estaba mirando a Sara fijamente. Eso sí me sorprendió.

—Sí. Me ven —dijo—. ¿Ahora te das cuenta?

—No, qué va —mentí—. Es solo que no te esperaba.

—Ya. No me esperabas.

Empezó a quitarse pelos de gato de ese vestido negro de institutriz que siempre lleva.

—¿Sabes una cosa? —preguntó, sin ni siquiera mirarme.

Me quedé mirándola a la vez que arqueaba una ceja. No sabía con qué me iba a salir a continuación, pero seguro que caía otra bronca. Por no leer. Por no escribir. Por no perseguir mis sueños. Por acomodarme y dejarme llevar por las series, por los videojuegos o por esa ingente basura de consumo rápido llamada Youtube.

—Me marcho.

—¿Qué? —Eso tampoco me lo esperaba.

—Esto no tiene sentido, José —levantó la cabeza y me miró a los ojos—. Y no es que yo me marche, sino que tú me invitas a marcharme…

—Pero —la corté—…

—No —me cortó—. Te repito que no es cosa mía. Yo no puedo hacer nada. En realidad, no soy más que un ente que reside en tu imaginación, impulsado por un mecanismo de automotivación. Una forma que tienes de exigirte más, al fin y al cabo, tan válida como tantas otras.

Estaba alucinando. Mi subconsciente estaba explicándome a mí cosas que yo hacía sin darme cuenta. Flipa.

—A ver —la corté de nuevo—, Sara. Vamos a calmarnos. Sabes perfectamente que mi sueño es escribir grandes historias.

Se me quedó mirando fijamente, con los codos apoyados sobre las rodillas y el mentón sobre los puños, cerrados.

—Lo que ocurre es que…

—El tiempo —dijo ella—. Siempre es el tiempo. De verdad, José, cuando doy con alguno de vosotros y no me pone la excusa del tiempo doy gracias por este trabajo.

Se puso de pie y comenzó a caminar por el comedor.

—El tiempo es algo relativo, José. Para alguien que escriba todos los días el tiempo será siempre suficiente. Adecuado. Insuficiente. O no. Igual le falta. Sin embargo, para alguien que no tenga trabajo, que viva en la calle, que esté deprimido… Puede que siempre le sobre tiempo.

—O no.

—Y ahí es donde quería llegar —Y simuló una pistola con la mano derecha e hizo un sonido de disparo—. Me dices que te falta tiempo. Una mierda te va a faltar tiempo. Que te olvidas que lo sé todo sobre ti, llorón. ¿Hablamos de las noches entre series y partiditas?

—Hombre —me quejé—, ¡solo faltaría que no pudiera echar alguna partidita!

—¡No digo que no puedas! —y me dirigió una mirada mortífera, señalándome además con el índice de la mano que antes había sido un arma—. ¡Digo que también tienes tiempo para escribir! Un poco, aunque sea. Unas líneas. Más que nada para pasarle el paño a esa cabeza tan grande que tienes e impedir que se oxide como una manzana recién cortada.

De nuevo estaba consiguiendo que entrase en razón. El problema era saber por cuánto tiempo.

—Mentalízate, cielo —cambió de repente el tono a uno más conciliador—. No voy a estar aquí siempre. Cada vez te sorprendo menos. Cada vez te hago menos falta. Cada vez quieres menos que me presente aquí y hable contigo. Vas a perder la poca motivación que te queda.

Y se cruzó de brazos.

Me había ganado. La rutina, la comodidad, el cansancio, los chorrocientos millones de cosas que me gustan hacer además de escribir… Todo había desplazado a Sara al último lugar de la lista. Confiando en que las cosas saldrán por si solas algún día, desplacé y descuidé la escritura al punto de, prácticamente, perderla por completo.

—¿Sabes lo que te mantiene viva esa chispilla que te queda? —me preguntó, con una sonrisa al fin.

—La verdad es que no —contesté, vencido.

—Los cuentos que inventas para tu hija cuando la sientas en tu regazo antes de acostarla. Sin leerlos en ningún sitio. Sin repetir jamás una historia. Eso es lo que todavía tienes vivo. Cuídalo, Jose. Y que nunca te falte.

Y desapareció, como siempre, envuelta en una nube grisácea que olía a gofres, a algodones de azúcar y a dulces reprimendas.

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