sábado, 4 de marzo de 2017

¿Nos montamos otra vez?

Todavía quedaban un par de loopings, algunos giros y una gran recta cuando el niño, que continuaba agarrándose al asiento de la atracción como si en algún momento fuera a salirse de ella, miró a su padre, entre enamorado de su figura divertida y protectora y temeroso por que fuera el último viaje que fueran a dar.

—¡Papá! —gritó el pequeño, de ya diez años— ¡Papá!

El traqueteo de la vagoneta y el impulso al comenzar el looping hacían complicado al padre contestar al niño. Tuvieron que terminar los dos giros completos para que el padre relajase la mandíbula y tragar al fin saliva.

—¡Papá!
—¡Dime, hijo! —respondió, ahora sí, el padre.

Giro brusco a la izquierda.

—..aje? —llegó a entender del niño.
—¿Qué?

Giro a la derecha.

—¡Que si damos otro viaje! —repitió el pequeño.

Nuevo giro a la derecha. Ahora la endiablada montaña rusa deceleraba hasta convertirse en un taca-taca. Uno de esos coches de plástico que no pueden pasar de cierta velocidad y para los que no es necesario sacarse el carnet de conducir. La atracción llegaba al final de su recorrido. El padre sonrió, sabiendo que el pequeño esperaba una respuesta y que no le quitaba ojo de encima.

—¿Quieres montarte otra vez? —preguntó a su hijo, secándose una lágrima que le brotaba del rabillo del ojo derecho.
—¡Ha sido alucinante! —exclamó— ¡Claro que quiero! ¡Me ha encantado, aunque, al principio, lo he pasado un poco mal! Esa subida y luego esa bajada tan grande... Pero ¡ha sido genial cuando...

El padre le miraba embobado, sonriendo. De las muchas cosas del día a día que podrían afectarle, en mayor o menor medida, ninguna de ellas le había descompuesto tanto el estómago como aquellos dos minutos en la montaña rusa. Ya podían venir gastos imprevistos, problemas familiares, días de trabajo para tirar a la basura... Que ninguno de ellos le ponía el estómago patas arriba. Sin embargo, adoraba ver a su hijo tan feliz. Era verdaderamente hermoso verle aflorar tanta alegría y escucharle expresar tanta emoción.

—Papá, ¿me escuchas? —preguntó el niño— ¿Nos montamos otra vez?
—Perdona, hijo. Sí, vamos a por otra.

Y de aquél vagón se levantaron para ir, de la mano, juntos hacia la taquilla.

Yo soy aquél niño. Ilusionado, valiente y locuaz. Demasiado espitoso en ocasiones.
Esta temporada de voleibol, la de mi vuelta a las pistas, ha sido la montaña rusa. Con miedos, altibajos, mucha adrenalina y un final de temporada que poco a poco va llegando.
El padre...

El padre es mi mujer, porque gracias a ella he vuelto a disfrutar de este deporte. Porque ha sido ella la que se ha encargado absolutamente de todo en mis ausencias. En mis entrenos. En mis partidos, cuando aún intentándolo no ha podido estar presente. Y eso que procura no perderse ni uno... Siempre apoyándome. Siempre a mi lado. Y siempre positiva.

A ti, querida esposa mía. Gracias por estar ahí. Siempre.

...Y vamos a por otra ;)

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